Delicioso sabor. Setas, pimientos rojos, una buena salsa y pan caliente. Afuera lluvia y frío. De segundo lonchas de cerdo y roquefort, maná sencillo de los que se deshacen con sólo mirarlo. Afuera el barro y el viento. El hogar con los juguetes desparramados, las sonrisas y el café... sólo y caliente. Un día especial, un día cualquiera.
Yo le llamo con nombre artístico cuando hablo de él, y le llamo Spinoza, cómo el filósofo o el bluesman, que algo tiene de ambos, pluma y garganta. Niño pequeño, padre cabal, así deberían ser todos, curiosos y responsables. Jamás he sabido si canta mejor que escribe o si toca la guitarra mejor que bromea sobre la vida. Ambos hemos compartido muchas carcajadas y sinsabores, y es que el tiempo nos hace mayores y nos encanece, aunque aún nos queda tiempo hasta llegar a tener la vida y las canas de Tony Bennet. Y cito a Bennet como podría haber citado a Joe McNally ya que este último fotografió un día al primero con tal belleza que esa foto se me quedó en el registro de 'por haceres' pese a que ya ni la recordaba.
Tras una tarde bastante loca (Spinoza es un gran artista pero no se ganará nunca la vida como modelo), usando varias luces improvisadas en su pequeño estudio, decidí apagar todas menos una de ellas. Un softbox de 90x90 y una cabeza de flash a mi izquierda por encima de ambos, en principio buscando una luz Rembrandt y sin relleno para las sombras... click, así de sencillo, o eso parece. Hice varias tomas, ninguna me convencía hasta que decidí hacerle mirar la luz... y dejar de lado mi idea inicial. Al mirar directamente a la fuente de luz el flash saltó y por un momento le dejó ciego, cerró los ojos y sonrió, yo disparé. Repito, una foto sencilla pero una foto que la hizo él más que yo. El tono cálido lo decidí al instante, obviando el blanco y negro que le hubiera ido como un guante, pero el color me hizo volver a vivir el momento de esa sonrisa que, sin mirarme, Spinoza me regaló.
Al día siguiente Pelayo, otro buen amigo fotógrafo, me comentó que en una conocida tienda estaban vendiendo el libro de McNally 'The moment it clicks' traducido, un regalo genial para pasar las navidades. Me fui y lo compré, me puse a leerlo y me encontré con la foto de Tony Bennet... sencilla pero muy complicada. Dios me libre de compararme con nadie, pero por un momento entendí que hay en la fotografía una mística especial que hace que de una tarde llena de horas y fotos sólo valga una ínfina fracción de segundo, lo que dura el destello de un flash. En ese instante una fotografía puede sacar las entrañas de alguién y plasmar la bondad, la honestidad y el amor que le rodean.









